—Voy a decir esto solo una vez… una vez y nunca mas volverá a salir de mi boca. —Ni siquiera quedarán evidencias ciertas de que estas palabras fueran dichas algún día por alguien. —No habrá documentos, ni films, ni discos compactos, ni nada de esa porquería amarillista rondando por ahí afuera. Nada que sirva para difamación o control. —Nadie más que ustedes. —Ustedes serán los únicos testigos de la falsedad de estas palabras.
Por momentos quisiera ser invisible, solo por momentos sentirme intocable. Que la mentira, aquellas palabras que llegan solitarias a envenenar el florecer de una vida, se sientan estúpidas.
El audífono hacía un ruido de zumbido de abeja. Es insoportable. Ni siquiera puedes alcanzar las uñas sucias de los pies con la punta de un dedo índice. Además si gritaras desgarradoramente el aullido sería absorbido por la pared de espuma; y nadie te escucharía aunque te estuvieras ahogando con tu propia respiración. Te advierto que si llegaras a accidentarte el hospital queda a cinco kilómetros por un camino pedregoso y lleno de transito, pero antes… antes tendrías que accionar la alarma por el botón a tu espalda —sobre el techo de la cápsula— y tendrían que retirarte arrastrando desde los pelos del culo. —Eso es peligroso para tu equilibrio mental, muchacho— acota el interlocutor.
La buena noticia es que no hay otra cosa que hacer; obtienes lo que quieres a cambio de dar vueltas en un mismo circulo hasta que te trague la tierra; hasta que el mar te tape los ojos y se escurra por tu nariz completamente, todo el mar; y entonces, algunas noches después, los peces naden dentro de vos mismo y te señalen el nuevo camino al laboratorio.
Los pájaros parecen unas carcasas de baterías recicladas con un mecanismo que los hace volar. Son un poco mas inteligentes que esos molestos drones mutantes del correo; ni siquiera es emocionante verlos transitar el cielo de una esquina a la otra: estorban como las señales de transito luminosas; se posan en los escasos arboles fractales y al mismo tiempo funcionan como antenas de retransmisión de ondas electromagnéticas sucias. A veces dan ganas de pegarles un buen disparo entre los ojos. Muchos lo hacen.
Para los agentes esto es un video que es retransmitido por telepatía como entrenamiento, por frecuencias de energía muerta-cancerígenas-y-destructoras, que no son ni siquiera reprimidas por la parte consiente que se mantiene erguida hasta el final de la historia. Quiero decir, que todo el tiempo están recibiendo señales de terror, de miedo, de estímulos de sometimiento reiterados por una radio llena de interferencias que llevan todo el tiempo pegada a las orejas.
Las moscas tienen micrófonos en el culo y las antenas son usadas para captar sobrevivientes. Son un puñado de sobrevivientes: módulos de ondas radiantes — llenos de juventud—; son hermosos porque tienen vida real: es decir, no consumen nada que prolifera de los cables de televisión, ninguna señal que haya sido capturada y reconvertida a una señal confusa. La información que ha sido transmitida por el cielo es peligrosa, porque puede fluir como sensación de salvación, y una vez que entre en tu fuente de inspiración: estalla como orden de policía. ¡PUUUM!. Volviendo al asunto de las moscas, lo mejor es darles una patada con la bota cuando se ponen demasiado cerca de uno, pero… ¿como distingues una mosca buena de una mala, Sabelotodo?. No hay forma de detectarlo, pero probablemente, el zumbido de una mosca mecánica suene un poco mas electrónico, como esto: PZZZZZZZ. O algo similar.
―¿Como controlarán mi pellejo?― pregunté al servicio técnico por el chat. Muy fácil, dijo el interlocutor ebrio. —La chatarra produce llanamente escuálidos, niños viejos que procesan la muerte de una manera demasiado robótica. Esto significa que a-la-velocidad-de-la-luz-de-un-rayo se esfuman; por medio de una indexación cruda y pseudo-programada pero intermitente y compleja, que se materializa como pinchazo de sangre en un pulgar y duele como mordedura si no se detiene a tiempo el veneno. —Es como una lista de números infinitos ordenados o desordenados por algún algoritmo de mierda de cincuenta o sesenta palabras de código muerto: como es sabido el denominado “índice” determina la posición del elemento— digo. —Este se incrementa ciclo por ciclo. Pero, para hacerlo realmente confuso y metafórico, voy a examinarlo desde una prótesis robótica conectada a unos cientos de censores-color-piel que transmiten números como parpadeo de retinas… Es decir, a una intermitencia eléctrica descifrable por un programa o procedimiento neutro, o mejor dicho, que no produce resultado y se mantiene oseoso hasta la destrucción de La Vida.
—Todas las combinaciones de elementos están almacenados en la tabla como una cadena hija de putas. —Sí, incluso los que fueron eliminados mantienen su lugar desde el día de la creación, solo por si necesitaran recuperarse, tienen una marca como en celdas de re-ordenación; cuestión que da escalofríos: —¿como puedes saber que esos elementos ahí congelados no entrarán en un régimen de re-activación algún día cercano?— me preguntaba. Solo si fueras un genuino profeta podrías leer el movimiento rápido de estas células que continúan replegándose en las oscuridades del cosmos (como lobos). —Los eruditos caciques —más antiguos que el polvo— nos han proveído esa teoría tan mecánica sobre la clasificación de nuevas versiones de androides que resulta increíble. Luego deberíamos estudiar a los nativos, pero solo con el propósito de convertirlos en un montón de hojalata fría, y sin enfriar su actividad cerebral y estímulos profundos.
Antes de Copular (versión 2.5).
NO LA PAZ AZUL
NI EL ARMA BLANCA
DE MI SEXO HÚMEDO.
NO AÚN.
YO TE CONSUMO
MI CORAZÓN ESTÁ BLANCO
MI ARMA DESNUDA.
YO TE CUIDO DEL HONGO
MI BRUTO ORGASMO.
NO EL DISPARO
A MIS VENAS EL SILENCIO
DE TU MÚSICA.
YO TE ENSUCIO.
Desnudas nalgas de alcoholes desplegando toda su fauna de dorados antinatura. Un silencio de lenguas. Una muerte repetida de historia, de días y noches iguales. Una lágrima que diseñó la ficción para hacerte real […]
[…] porque nunca alcanzará toda la fuerza de la luz para vernos o encontrarnos, titilando, retorciéndonos: es que nunca alcanzarán los animales ni las personas para ese Big-Bang alucinante.
Fueron diecisiete peligros. Once estaciones. Posturas antiguas de un viaje que alquiló la distancia. Tristezas de cuerpos que sacan puntas heladas. Muestran pieles y vulvas, con avidez masturbante, mientras fuman calambres por sus ojos frios. La salvación es huir. A donde los soñadores pierden el rumbo de sus inventos: la nostalgia, la disciplina, la paz y esa satisfecha indiferencia. Nada es igual, todo fue diferente. Salvate, nadie puede explicarse porque…
Ahora me junto a tu Piel. Me sirvo a tu boca. Eras Lila. Eras Miel. Me abrigo con una porción de tus ojos. Sangro: Un paseo invisible. Eras una flor desnuda; pezones tibios, duros, super-inyectados, impresionantes, bajo cascada de agua y pasto y conchitas accidentadas picadas como lápidas. Eras otra, otra vez.
Confundelos.
Con el perfume de una larva o con emociones de humo blanco.
Con canciones de labios.
Con hadas desnudas en tetas bamboleantes.
Con una muchedumbre ahogada entre bondades de asesinos,
ahí en donde la odisea ha sido un embauque.
Con pantomimas.
Con sonrisas de espectacular veneno.